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Silencio, ¿para qué?

Pbro. José Martínez Colín
 
Para saber
 
Se cuenta que una madre tenía problemas en hacer callar a su hijo durante una ceremonia litúrgica. El predicador se había alargado más de la costumbre y el niño estaba muy inquieto. Finalmente, la mamá le susurró algo a su hijo. Desde ese momento el niño se sentó quietamente y ya no dijo nada. Una persona que había observado eso, al terminar la ceremonia le preguntó a la madre qué le había dicho a su hijo para que se comportara de tal manera. Ella le respondió: “Le dije que él estaba interrumpiendo al predicador, y que, si el predicador perdía la concentración, entonces tendría que empezar otra vez”.
 
La finalidad del silencio en las ceremonias es muy distinta. Hay un silencio prescrito para determinados momentos, pero no es para no hacer nada, ni distraerse en otras cosas. Comenta el Papa Francisco que entre los gestos rituales que pertenecen a toda la asamblea, el silencio ocupa un lugar de absoluta importancia. En concreto en la Santa Misa hay momentos para tenerlo: después del acto penitencial; después de la invitación a la oración; en la Liturgia de la Palabra (después de la homilía); en la plegaria eucarística; después de la comunión…
 
Para pensar
 
Se podría pensar que vivir la Liturgia le corresponde solo al ministro que celebra. Sin embargo, no es así. El Papa Francisco afirma que concierne a todos los bautizados. Por ejemplo, hay gestos y palabras que pertenecen a la asamblea, como el reunirse, caminar en procesión, sentarse, estar de pie, arrodillarse, cantar, estar en silencio, aclamar, mirar, escuchar, etc…
 
El silencio litúrgico es el símbolo de la presencia y la acción del Espíritu Santo que anima toda la acción celebrativa, dice el Papa. Por ello, a menudo, constituye la culminación de una secuencia ritual. El Espíritu mueve al arrepentimiento y al deseo de conversión; suscita la escucha de la Palabra y la oración; dispone a la adoración del Cuerpo y la Sangre de Cristo; sugiere a cada uno, en la intimidad de la comunión, lo que el Espíritu quiere obrar en nuestra vida para conformarnos con el Pan partido. En el silencio el Espíritu nos educa, nos forma.
 
Pensemos si procuramos un rato de silencio en nuestro día para facilitarnos tener un encuentro con Dios.
 
Para vivir
 
Dice la Biblia que “Hay tiempo de callar y tiempo de hablar” (Qo 3,7). En la Santa Misa hay momentos para escuchar, tiempo para responder, tiempo de silencio. Qué importante es respetarlo para uno y para los demás. En un templo se puede hablar, pero siempre con Dios, a veces externamente y otras interiormente. No se trata de ponerse a platicar con las otras personas. Incluso si ya acabó la ceremonia, se ha de mantener un ambiente de recogimiento, sobre todo si sigue el Santísimo presente en el sagrario.
 
Escribe el Cardenal Sarah que el “silencio es más importante que cualquier otra obra humana. Porque manifiesta a Dios. La verdadera revolución procede del silencio: nos conduce a Dios y hacia los demás para ponernos humilde y generosamente a su servicio”. Estar en silencio nos permite presentarnos al Señor, ofrecernos, adorarle, amarle, escucharle, oírle. Y concluía el Cardenal: “si quieres que Dios hable, hace falta que tú te calles.(articulosdog@gmail.com)

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