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Para ser transformados

Pbro. José Martínez Colín
 
Para saber
Es común que algunos niños quieran tener el disfraz de uno de sus superhéroes. Se les ve vestidos como Spiderman, el Hombre Araña, Batman, u otro. Suelen admirar su fuerza o destreza. La gente mayor admira a gente de poder o dinero. No obstante, no se podrá imitar a alguien mejor que a Jesucristo. San Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo, y él mismo ha visto una transformación en sí: “con Cristo estoy crucificado; y vivo, pero no yo, sino que es Cristo el que vive en mí” (Gal 2,20). Por ello la Iglesia nos invita a una identificación profunda con Cristo. El Papa Francisco señala que a través de la Liturgia se logra esta identificación. Pues formarnos en el sentido de la Liturgia, no “consiste en una asimilación mental de una idea, sino en una real implicación existencial con su persona”. A través de la celebración litúrgica el Espíritu Santo actúa en nosotros “hasta que Cristo se forme en nosotros” (cfr. Gál 4,19).
Es muy profunda esta identificación con Cristo, pues no se limita a parecerse o hacer cosas semejantes, sino que de modo espiritual y misterioso, Cristo está y actúa en nosotros. Se trata, dice el Papa, de llegar a ser Cristo. Está transformación en Cristo va más allá de nuestras fuerzas y posibilidades, por ello se hace necesaria e imprescindible la acción del Espíritu Santo, quien obra en cada celebración litúrgica (Cfr. Desiderio desideravi, n. 41).
 
Para pensar
A san Benito José Labre se le conocía como el “santo mendigo”, pues renunció a todo y vivió pidiendo limosna. Creció en santidad al dedicarse a Dios y a los demás. Lo que recogía de limosna lo daba a otros pobres. Al morir con fama de santidad quisieron una imagen suya pero no disponían de ninguna. Entonces alguien recordó que un artista, André Bley, lo había escogido de modelo para representar a Cristo, pues le había sorprendido que su rostro traslucía una intensa espiritualidad. De alguna manera, pensó, ese hombre es otro Cristo no solo en su obrar, sino incluso físicamente. Y con el rostro de Cristo, encontraron la del santo.
La identificación con Cristo la lleva a cabo el Espíritu Santo en nuestra alma. Ciertamente es una meta muy alta lograr actuar como Jesús, pensar como Jesús, curar como Jesús, dar esperanza y alegría a los corazones, como Él lo hizo. Pero es una meta por la que vale la pena vivir.
 
Para vivir
“Para tender a la perfección, hay que revestirse del Espíritu de Cristo” decía san Vicente de Paul. Así como en la Santa Misa el Espíritu Santo actúa para transformar el pan en el Cuerpo de Cristo, así el Espíritu Santo actúa en cada bautismo para transformar a la creatura en parte del Cuerpo Místico de Cristo, y ya es parte de la Iglesia, es Iglesia. Una unidad que ha de hacerse cada vez mayor llegando a su plenitud en la Vida eterna.
En cada Sacramento el Espíritu Santo va llevando su obra de santificar a la persona. Con ello vislumbramos lo esencial que es acudir a los Sacramentos para recibir del Espíritu Santo la gracia que nos va santificando y conformando con Cristo. Se comprende así lo escrito por San León Magno: «Nuestra participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo no tiende a otra cosa sino a convertirnos en lo que comemos». (articulosdog@gmail.com)

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