Inauguran los “Juegos Olímpicos de la Paz”

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juntas, bajo la bandera de la unificación, y el Estadio Olímpico se vino abajo. Los juegos de invierno de Pyeongchang, en Corea del Sur, ya han hecho historia desde su inauguración. Como instrumento de una aparente distensión tan súbita como veloz entre las dos mitades de la península coreana, la diplomacia era tan importante como el deporte: desde el palco el presidente del Sur, Moon Jae-in, y la hermana del líder del Norte Kim Jong-un, Kim Yojong, sentada inmediatamente detrás, saludaban entusiasmados a su comitiva conjunta. Les flanqueaban el vicepresidente de EE. UU., Mike Pence, y el primer ministro japonés, Shinzo Abe.

La ceremonia, en un estadio que ha costado 92 millones de euros, comenzó con un deslumbrante despliegue de fuegos artificiales, seguido de un espectáculo que combinó hologramas y marionetas gigantes de figuras de animales, danzarinas y tambores con un coro infantil, para ilustrar una historia en la que unos niños descubren un mundo de paz y de armonía.

COREAS UNIDAS

Pero el momento álgido fue el desfile conjunto de las dos Coreas, por primera vez desde los juegos asiáticos de invierno en 2007. Los dos abanderados, la jugadora de hockey del norte Huang Chun-gum y el piloto de bobsleigh Won Yunjong, encabezaron a más de un centenar de atletas bajo la enseña blanca y azul, con la silueta de la península coreana. Todos ellos, norcoreanos y surcoreanos, portaban el mismo uniforme oficial, patrocinado por una marca estadounidense. Lee Hee-beom, presidente del comité organizador de estos Juegos, aseguró que “el norte y el sur se han convertido en uno mediante las Olimpiadas”. La competición, declaró, “se convertirá en la luz y la esperanza de todo aquel que desee la paz, no solo en la península coreana sino en el noreste de Asia y todo el mundo”.

Después de que Moon declarara inaugurados los Juegos, el “Imagine” de John Lennon y el himno olímpico sonaron en el acto antes de que la patinadora Kim Yu-na encendiera la llama olímpica en el pebetero.

La colocación en el palco había sido cuidadosamente estudiada por los organizadores surcoreanos. A su llegada, Moon había saludado calurosamente con un apretón de manos a una sonriente Kim Yo-jong y al jefe de la delegación norcoreana, el jefe de Estado Kim Yong-nam. A su lado derecho, como es protocolario, el presidente del Comité Olímpico Internacional, Thomas Bach. A apenas dos metros de los representantes del país con el que Estados Unidos ha incrementado drásticamente la tensión a lo largo del último año, se encontraban Pence -que aseguraba que asistía para contrarrestar “la ofensiva de encanto” norcoreana durante los Juegos- y su esposa.

El vicepresidente estadounidense, que ha amenazado esta semana con nuevas sanciones contra Corea del Norte y el programa de armamento de este país, evitó saludar a la delegación norcoreana durante los apenas cinco minutos que permaneció en la recepción de líderes previa a la ceremonia. Pence había viajado a Corea del Sur acompañado de Fred Warmbier, el padre de Otto Warmbier, el estudiante estadounidense detenido en Corea del Norte durante más de un año y que murió a los pocos días de ser devuelto a su país. Si la ceremonia inaugural aspiraba a reforzar la distensión entre las Coreas y el carácter de “Olimpiadas de la Paz” que ha propuesto Moon, a partir de ahora será el deporte el protagonista principal.

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