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Virtudes y vicios (12) Para alcanzar la plenitud

Pbro. José Martínez Colín
 
Para saber
 
«Todos creen que tener talento es cuestión de suerte; nadie piensa que la suerte puede ser cuestión de talento»(Jacinto Benavente). Llegar a tener un gran prestigio y destreza en cierta área, sea deporte, ciencia, empresa…, por lo común ha llevado mucho esfuerzo y dedicación. Lo mismo sucede para adquirir una virtud.
 
Después de haber tratado sobre los diversos vicios, ahora el Papa Francisco comenzó sus reflexiones sobre aquello que se opone al mal: la virtud. Los filósofos romanos la llamaban virtus y los griegos aretè. El término latino subraya que la persona virtuosa es fuerte, valiente, capaz de disciplina y ascetismo. A su vez, la palabra griega aretè, indica algo que sobresale, que suscita admiración.
 
El corazón humano puede complacerse en malas pasiones o caer en tentaciones nocivas que vienen disfrazadas con vestidos seductores, pero cuenta con su libertad y puede oponerse a todo esto. Aunque cueste esfuerzo oponerse al mal, hemos de recordar que el ser humano está hecho para el bien, pues sólo así se realiza verdaderamente.
 
Después de practicar los actos buenos, aunque cuesten sacrificio, se forma en la persona una disposición permanente que facilita realizarlos, y es cuando se puede decir que ya es virtuosa. Todo obrar repercute: el vicio desnaturaliza y deforma; en cambio, la virtud realiza plenamente su ser. El Catecismo de la Iglesia Católica nos ofrece una definición precisa y concisa: «La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien» (n. 1803). No es, por tanto, un acto improvisado y casual, sino algo propio de la persona.
 
Para pensar
 
Napoleón obtuvo en la batalla de Austerlitz una de sus más brillantes victorias en diciembre de 1805.Los franceses ocuparon Gratz. A pesar de haber sido derrotados, el Príncipe Lichnowsky quiso ganarse el favor de los franceses e invitó al general francés, que había tomado la ciudad, a una velada musical. Quiso valerse de su amigo Beethoven, que se hospedaba en su palacio, para que tocara unas piezas al piano.
 
Beethoven se negó, pero aun así el Príncipe invitó al victorioso general y a otros altos cargos creyendo que el compositor cedería. Pero no fue así. Beethoven abandonó en secreto el castillo y le dejó una carta en la que explicaba que no podía tocar para los enemigos de su patria y añadía: «Príncipe, lo que es usted, viene determinado por su circunstancia y por su nacimiento. En cuanto a mí, yo soy dueño de mí mismo. Soy un gran músico porque he luchado, me he esforzado y me he dejado la piel toda mi vida… Príncipes ha habido y habrá miles; Beethoven solo hay uno.»
 
En esas palabras Beethoven mostraba que el talento adquirido no fue fácil, tuvo que “dejar su piel” para llegar a ser el gran músico que fue. A veces queremos un triunfo fácil, sin pensar que se requiere de lucha.
 
Para vivir
 
En estos tiempos dramáticos, la solución está en redescubrirla virtud. Si practicar la virtud fuera lo normal, el mundo sería feliz. Los santos fueron virtuosos, pero es un error pensar que son excepciones. Fueron personas normales que pusieron su esfuerzo y, con la gracia de Dios, alcanzaron la plenitud siendo ellos mismos, alcanzaron a lo que está llamado toda persona: a la santidad. (articulosdog@gmail.com)

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