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Virtudes y vicios (17) No dejarse envenenar

Para saber
 
“El revoltijo del corazón humano”, le llamaba a las pasiones el escritor Manzoni. Las pasiones no son malas en sí mismas, pero pueden adquirir tal fuerza que sometan al hombre. Aquí es donde aparece la necesidad de una virtud que ayude a autodominarse: la templanza. El filósofo Aristóteles escribió un tratado dedicado a su hijo Nicómaco sobre la ética, para instruirlo en el arte de vivir. Ahíle da un gran valor a la enkráteia, que significa literalmente “poder sobre sí mismo”, refiriéndose a la templanza. La pone como requisito para la felicidad, y sin ella el hombre cae esclavo de sus pasiones y se autodestruye.
 
En su Audiencia, el Papa Francisco abordó la templanza, cuarta virtud cardinal, alabada con frecuencia por la Sagrada Escritura. A su vez, esta virtud está relacionada con actitudes evangélicas como la pequeñez, la discreción, la vida escondida y la mansedumbre.
 
Para pensar
 
Ciro, el famoso y poderoso rey de los persas, a los doce años de edad entró para ser educado en la corte de su abuelo, Astyages, rey de los medos. Al rey notó que su nieto no permitía nunca que le pusieran vino en la copa. Un día le preguntó por qué razón no tomaba como todos, especialmente en las fiestas, donde desde los jóvenes hasta los ancianos lo hacían. El muchacho contestó: «Temo caer envenenado. El día del banquete con tus amigos, noté que un siervo te dio ese veneno».
 
Su abuelo sorprendido le dijo: “Pero Ciro, ¿cómo se te ocurre semejante idea?” Entonces le explicó su nieto: “En la pasada fiesta vi que todos cuantos lo habían bebido, sintieron que el cuerpo se les paralizaba y luego también su espíritu; empezaron a gritar muy fuerte —cosa que se nos prohíbe a los muchachos—, y tan fuerte que ninguno prestaba atención a lo que decía el otro. Después entonaron una canción tonta y juraban que era el canto más hermoso. Cuando por fin se levantaron para bailar, ni siquiera podían tenerse en pie, y menos bailar. No sabían quiénes eran ellos mismos: tú no sabías que fueras el rey, y los demás no sabían ni se comportaban como tus súbditos”.
 
La falta de templanza origina que las pasiones tomen el control de nuestra persona, perdiendo el dominio de la razón, donde el espíritu queda sometido al cuerpo. Pensemos si acaso nos dejamos envenenar.
 
Para vivir
 
En un mundo que exalta los excesos y el desenfreno, la templanza es rara, pero nos ayuda a poner orden en el corazón, a vivir con sabiduría y a buscar la justa medida en las cosas para que no nos perjudiquen. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que la templanza procura el equilibrio en el uso de los bienes creados, al asegurar el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles (cfr. n. 1809).
 
Por ello se afirma que la templanza es la virtud de la justa medida. Paradójicamente, al querer probarlo todo vorazmente, se acaba perdiendo el gusto por todo, sumiéndose en el aburrimiento. Por ejemplo, dice el Papa, quien sabe apreciar un buen vino, lo saborea y disfruta poco a poco, y no se lo traga todo de golpe. La templanza permite disfrutar más de los bienes y placeres, y proporciona una alegría verdadera.(articulosdog@gmail.com)

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