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El horrible 2018 de Facebook

El espejismo ha desaparecido. Facebook es una empresa, como todas las demás. Persigue sus intereses, el beneficio y —si puede— convertir en cenizas a sus competidores.

Al igual que cientos de firmas de Silicon Valley pactó con Fausto: dinero a cambio de ideas que prometían mejorar el planeta. Con ellas ha descendido a los infiernos. Muchos ven en la red un riesgo para la democracia.

Fue lenta a la hora de reconocer su influencia en el intento de genocidio de los rohingya, minimizó la injerencia rusa en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 y dio vida a los populistas italianos Matteo Salvini y Luigi Di Maio, y a otros más.

Los políticos han reaccionado y amenazan con encerrarla en la casa oscura de su principal miedo: la regulación. Porque existen dos opciones para limitar su influencia. Obligarla a deshacerse de Instagram y WhatsApp (sus futuras minas de oro) o regular su funcionamiento. Pero ni demócratas ni republicanos han querido, hasta ahora, inmiscuirse en las grandes tecnológicas. Sin embargo, la red tantea el abismo.

Sin duda, el aire viene cargado de tormentas. Por primera vez han caído los usuarios en Europa, el margen operativo se ha reducido al 42% en el último trimestre frente al 50% de hace un año y la rentabilidad por usuario parece estancarse en los seis dólares.

Lo cierto es que Facebook ya obtiene menos recursos por concepto de publicidad. Y WhatsApp, la otra empresa que desprende un brillo dorado, pierde por ahora dinero. En 2019 tiene previsto incluir anuncios. Pero tendrá que añadirlos con la precisión de una filigrana. Porque es una aplicación utilizada por la gente para sus conversaciones privadas, no es la tienda de Amazon.

Sin embargo, Facebook resiste. A pesar de los escándalos. A pesar de caer un 30% en Bolsa. A pesar de los más de 15.000 millones de dólares que ha perdido su fundador durante 2018.

De hecho, este año la red social ingresará —según Goldman Sachs— 55.484 millones de dólares. Por ahora, los números aguantan en el mañana y en el presente. Cerró el tercer trimestre del ejercicio con unas ganancias de 5.137 millones. Cifras de un gigante que aún mantiene la confianza del dinero.

“Tristemente, los anunciantes seguirán invirtiendo en la plataforma porque creen que es donde está la atención de la gente. Es una desgracia. Ellos tienen la responsabilidad ética de forzar a la empresa a hacerlo mejor. Mueven los hilos y por lo tanto manejan el poder”, lamenta Jessica Liu, experta de la consultora Forrester Research. Aunque quizá la responsabilidad no sea solo de Zuckerberg sino de un planeta que hace años se dejó cegar por el espejismo de que los problemas causados por la tecnología se solucionaban con más tecnología. La oscuridad en el siglo de las luces digitales.

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