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MENSAJE DE NAVIDAD

Muy queridos fieles de esta amada Diócesis de Mexicali. El mensaje central de la Navidad es este: «No teman, les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo, hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un salvador que es el Mesías, el Señor». El salvador prometido por Dios está presente aquí y ahora, su venida se ubica en la historia.
 
El mismo es la Palabra que da sentido a la existencia, Él es la luz que alumbra el camino. «La luz verdadera, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre» (In 1,9). Jesús nace entre nosotros, es Dios-con-nosotros. Viene para acompañar nuestra vida cotidiana, para compartir todo con nosotros, alegrías y dolores, esperanzas e inquietudes.
 
Dejémonos sorprender por el misterio revelado y adorémoslo en los brazos de María, quien lo presenta al mundo. Viene como un niño indefenso. Nace en el frío, pobre entre los pobres. Necesitado de todo, llama a la puerta de nuestro corazón para encontrar calor y amparo.
 
¡Qué maravilla! Dios mismo se ha hecho don, regalo para cada uno de nosotros, se ha hecho presente en su Palabra que es su Hijo Jesús. Así nos asegura su amor, nos invita a la amistad con Él y se manifiesta una vez más como hace más de dos mil años en Belén.
 
El nacimiento de Jesús trae una era de «Paz a los hombres». Jesús viene como el verdadero príncipe de la paz y quien lo recibe en su humildad de niño, en el pesebre, recibe el amor total y definitivo de Dios que transforma completamente su vida y la hace don para los hermanos, fermento de justicia en la sociedad.
 
Él es nuestra paz, esa paz que el mundo no puede dar y que Dios Padre dio a la humanidad enviando a su Hijo.
 
Jesús es también el camino de la paz. El, con su encarnación, pasión, muerte y resurrección, abrió el paso de un mundo cerrado, oprimido por las tinieblas de la enemistad y de la guerra, a un mundo abierto, libre para vivir en la fraternidad y en la paz.
 
¡Sigamos a Jesús! Para ser capaces de caminar en pos de Jesús, debemos despojarnos de los obstáculos que nos lo impiden y que nos mantienen bloqueados.
 
Son las mismas pasiones negativas que impidieron que el rey Herodes y su corte reconocieran y acogieran el nacimiento de Jesús, es decir, el apego al poder, al dinero, la soberbia, la hipocresía, la mentira. Todo esto nos imposibilita ir a Belén, nos excluyen de la gracia de la Navidad y cierran el acceso al camino de la paz.
 
Vemos con dolor que, al mismo tiempo que se nos da el Príncipe de la paz, la guerra continúa presente sobre la humanidad. Nuestro mundo está viviendo una grave carestía de paz, lo podemos constatar por todas las regiones.
 
Si queremos que sea Navidad, contemplemos y fijemos la mirada en el rostro del Niño que nos ha nacido, recostado en el pesebre. Y en ese pequeño semblante inocente reconozcamos el de los niños que en cada rincón del mundo anhelan la paz.
 
Queridos hermanos y hermanas, hoy como en ese entonces, Jesús, la luz verdadera, viene a un mundo enfermo de indiferencia, que no lo acoge (Jn 1,11); es más, lo rechaza, como les pasa a muchos extranjeros; o lo ignora, como muy a menudo hacemos nosotros con los pobres. No nos olvidemos hoy de tantos migrantes y refugiados que llaman a nuestra puerta en busca de consuelo, calor y alimento. No nos olvidemos de los marginados, de las personas solas, de los huérfanos y de los ancianos que corren el riesgo de ser descartados; de los presos que miramos sólo por sus errores y no como seres humanos.
 
Hermanos y hermanas, el nacimiento de Jesús nos muestra la sencillez de Dios, que no se revela a los sabios y a los doctos, sino a los pequeños, a quienes tienen el corazón puro y abierto (Mt 11,25). Como los pastores, vayamos también nosotros sin demora y dejémonos maravillar por el acontecimiento impensable de Dios que se hace hombre para nuestra salvación. Aquel que es fuente de todo bien se hace pobre y pide como limosna nuestra pobre humanidad. Dejémonos conmover por el amor de Dios y sigamos a Jesús, que se despojó de su gloria para hacernos partícipes de su plenitud.
 
Que el Señor Jesús, nacido de la Virgen María, traiga a todos ustedes el amor de Dios, fuente de fe y de esperanza; junto con el don de la paz, que los ángeles anunciaron a los pastores de Belén: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él» (Lc 2,14).
 
¡Feliz Navidad a todos!

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