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Virtudes y vicios (4) La belleza de la sexualidad

Pbro. José Martínez Colín
 
Para saber
 
“Amor que casto no sea, ni es amor ni puede ser” (Lope de Vega). Hay una relación estrecha entre la castidad y el amor verdadero. En la ocasión pasada se trató sobre la gula, que es la voracidad hacia la comida. Ahora el Papa Francisco trató sobre la lujuria que es una «voracidad», pero ahora respecto a la sexualidad.
 
El Papa aclara que el cristianismo nunca condena el instinto sexual, al contrario, lo respeta, lo valora mucho y busca protegerlo. Y la castidad es la virtud que la protege. La sexualidad es muy importante porque está esencialmente unida a nuestra capacidad de amar: al prójimo y a la vida. Es algo muy bello que Dios ha inscrito en nosotros. Por ello se ha de evitar que nuestros afectos y amor se contaminen por la lujuria.
 
Para pensar
 
Un joven francés narraba que en su juventud se alejó de Dios, y no le preocupaba. Su comportamiento con las chicas era inmoral, sólo se aprovechaba de ellas. Pero un día encontró un libro: “El libro del joven” (“Au service de l’amour) de J. y E. Carnot. Lo leyó todo y se sintió avergonzado de sí mismo. Una frase lo hirió profundamente en su corazón: «Respeta a las jóvenes, pues Dios las ha hecho en su corazón y en su alma para ser madres. Acuérdate de tu madre». Recapacitó y ya no volvió a abusar de la sexualidad.
 
Enamorarse es una de las realidades más sorprendentes, puras y bellas de la existencia, dice el Papa Francisco. La mayoría de las canciones hablan de amores que se encienden, que se buscan y nunca se alcanzan; amores llenos de alegría o que atormentan. Una persona enamorada se vuelve generosa, disfruta regalando, escribe poemas; deja de pensar en sí misma. Sin embargo, puede ser contaminada por el demonio de la lujuria, volviendo la relación tóxica, perjudicial, de posesión del otro, carentes de respeto y de sentido de los límites.
 
Para vivir
 
El amar es hermoso porque lleva a respetar al otro, a buscar su felicidad, su bien, y la castidad le ayuda a mantener un amor incondicional, desinteresado, generoso y comprensivo, no de posesión, sino de donación, servicial, pues servir es mejor que conquistar. Es como el amor de Dios, libre y gratuito, que podemos pedírselo. La lujuria, en cambio, se burla de todo esto: la lujuria saquea, roba, consume de prisa, no quiere escuchar al otro, sino sólo a su propia necesidad y placer.
 
La sexualidad implica a la persona completa, por eso es un gran peligro la lujuria pues lo corrompe todo: Deja de amar para buscarse a sí mismo, su propio placer con un uso malsano de la sexualidad; en la relación sexual sólo busca utilizar a la otra persona para el provecho personal, la “cosifica”, la usa como una cosa y no la ama como persona. Por eso también rechaza la procreación. Una muestra muy clara de lujuria es la pornografía que trata la sexualidad sin una relación amorosa ordenada: genera adicción y destruye la libertad. Y aunque haya placer, causa una triste soledad.
 
La belleza de las relaciones sexuales está en que hay un amor pleno de donación recíproca. Aunque pueda costar esfuerzo, el premio es grande, porque preserva la belleza del amor. Como decía San Juan Pablo II: “La pureza del corazón y del cuerpo debe ser defendida, pues la castidad custodia el amor verdadero”. (articulosdog@gmail.com)

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