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Virtudes y vicios (9) El Síndrome de Procusto

Pbro. José Martínez Colín
 
Para saber
 
La envidia es como beber veneno y esperar que la otra persona muera. Una frase acertada, pronunciada por Carrie Fisher, actriz famosa por interpretar a la princesa Leia en la Guerra de las Galaxias. Ahora el Papa Francisco reflexionó sobre el vicio de la envidia, tan antiguo como la misma humanidad. En la Sagrada Escritura se nos relata que fue tal la envidia que tuvo Caín hacia su hermano Abel, al ver que sus sacrificios eran agradables a Dios, que lo llevó a odiarlo y matarlo. Caín no soportó la felicidad de su hermano.
 
El rostro del envidioso es siempre triste, dice el Papa, y mantiene baja la mirada, parece examinar el suelo, pero en realidad no ve nada, porque su mente está envuelta en pensamientos llenos de maldad.
 
Para pensar
 
Cuando se habla del Síndrome de Procusto, se refiere a la incapacidad en reconocer en los demás como válidas sus ideas o el miedo a ser superado profesional o personalmente por otros, lo cual muchas veces son producto de la envidia. Pero, ¿quién fue Procusto?
 
En la mitología griega, Procusto era un posadero en las colinas de Ática. Cuando llegaba a la posada un viajero, lo invitaba a tumbarse en un lecho de hierro. Y mientras el viajero dormía, lo amordazaba y lo ataba a la cama. Si la víctima era alta y su cuerpo era más largo que la cama, procedía a serrar las partes del cuerpo que sobresalían los pies o la cabeza. Si, por el contrario, era de menor longitud que la cama, lo descoyuntaba hasta estirarlo.
 
Su reinado de terror terminó cuando llegó el héroe Teseo, quien retó a Procusto a comprobar si su propio cuerpo encajaba con el tamaño de la cama. Cuando el posadero se tumbó, Teseo lo ató a la cama y, allí, lo “ajustó” como él con los viajeros. Por ello, el síndrome de Procusto lo padecen aquellos que cortan la cabeza o los pies de quien sobresale. Les afecta emocionalmente cuando otra persona tiene razón, sobresale, y ellos no.
 
Para vivir
 
Cervantes llamó a la envidia “carcoma de todas las virtudes y raíz de infinitos males. Todos los vicios —añadía— tienen un no sé qué deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabia”.
 
Sin embargo, no hay que confundir la envidia con la admiración que sentimos hacia algunas personas, o el desear los bienes ajenos o cualidades de otro. La envidia impide ser feliz, entristece por el bien ajeno, no deja disfrutar, hace sufrir por la felicidad ajena y piensa que la gloria que se tributa a los demás se la están robando a él. Intenta compensarlo despreciando sus cualidades, desprestigia a quienes triunfan y sobresalen. La envidia lleva a pensar mal de los demás sin fundamento, y a criticar sus cosas positivas. Por eso el envidioso llama ladrón a cualquiera que triunfe en los negocios; o llama interesado y adulador a aquél que tiene un trato correcto.
 
En la base de la envidia hay una relación de odio y amor: uno quiere el mal del otro, pero en secreto desea ser como él. Se supera al esforzarse por captar lo que de positivo hay en quienes nos rodean, admirando y alegrándose por el bien de las personas que nos rodean. Por eso San Pablo exhorta: «Ámense unos a otros; que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10). (articulosdog@gmail.com)

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