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El único matrimonio que asegura ser para toda la vida

(Extracto de mi próximo libro “La venganza de los ninis”).

Fuimos caminando a un parque cercano a mi casa. Durante ese recorrido, Azucena me comentaba lo feliz que estaba al estar de regreso en México.

Yo me sentía, como nunca, sonrojado, desde el momento que al salir de casa ella cruzó su brazo con el mío.

Al escuchar su voz, no podía dejar de admirar a esa hermosa mexicana con acento español. Su voz, sus ojos, su hermoso cabello, su encantador rostro y escultural figura, todo en ella me parecía un verdadero sueño.

Sabía que me notaba intimidado, pero no me importó enterrar al Tenorio que por tantos años fui. Después de todo no tenía que aparentar nada, aún con el paso de tantos años ella era mi Azucena.

Cuando por fin nos sentamos en una de las muchas bancas del parque, ella me dijo.

─ “Gracias, mi héroe, he venido a reclamar tu antigua promesa”.

─ “¿Mi, mi…  antigua promesa?”, ante el asombro de sus palabras, no pude evitar el tartamudeo.

─ “Sé que no lo has olvidado, he vuelto para ser tuya, mi macho mexicano”, con una gran seguridad, determinación y coqueteo en su rostro, Azucena me hablaba.

Sonreí y le tomé la mano, quise hacer tantas cosas en ese momento, quizás decirle que lucharía por ganarme en verdad su amor, que haría válida esa promesa de cuando fuimos niños, sosteniendo responsablemente mi palabra ahora que yo era hombre y ella la más hermosa mujer; quise fundirme en sus labios en un apasionado beso. Lo cierto es que todo eso tan solo quedó en mis pensamientos, sin soltarle la mano, le dije.

─ “No soy el Víctor Monzón que tú conociste, ese joven campeón, deportista y ejemplar ha quedado enterrado en el pasado”, mi voz mostraba la tristeza que sentía en esas palabras.

Ella, mostrándome nuevamente su sonrisa, inmediatamente me dijo:

─ “No te pido el anillo para mañana, de hecho exijo que conquistes mi amor y para lograrlo, como siempre me lo ha dicho mi abuela, tendrás que arreglar todo con tu primer matrimonio”.

Muy sorprendido por lo que ella me decía, le contesté;

─ “No te entiendo, Azucena, he realizado grandes locuras en mi vida. Tienes que saber que estuve en la cárcel, que actualmente no estoy en la universidad y que dejé de practicar la equitación, el deporte que me proyectó incluso a nivel internacional. Más te aseguro que, en medio de mis errores, el casarme no fue uno de ellos”.

Sin parar de sonreír, Azucena me dijo:

─ “Mi abuela, la mujer más sabia del mundo siempre me ha comentado que tan solo hay un matrimonio, que asegura es para toda la vida. Este es el matrimonio que tenemos con nosotros mismos”.

─ “Pero, ¿cómo es eso?”, muy extrañado le pregunté.

─ “En tu individualidad, el primer matrimonio es con el pasado. Sostienes una íntima relación con la forma en que te educaron, esto determina tu manera de percibir la vida. En esta relación están tus conflictos no resueltos y todas aquellas heridas que consciente o inconscientemente te niegas a soltar. El pasado, aún y cuando aparentemente queda atrás, en sus efectos siempre está presente. Tus cimientos emocionales o raíces del alma, fuertes o débiles, sanas o heridas, ellas determinan en gran manera tu caminar en la vida. El desconocer o pretender ignorar el pasado, es lo que lleva a tantas personas al no reconciliarse con esta etapa, a vivir destinados a un presente y futuro lleno de resentimientos, sufrimiento e infelicidad. Lejanos totalmente de la herramienta universal llamada perdón”.

Sorprendido por sus palabras y al verme expectante y prácticamente inmóvil, Azucena prosiguió:

─ “Dentro de tu matrimonio tienes una íntima relación con tus miedos e inseguridades, es por ello que tienes plenamente que identificarlos si los quieres enfrentar”.

─ “Ya había olvidado lo poco común que es tu abuela, tanto por sus frases y forma de ver la vida”, sonriendo le dije.

Durante todo ese tiempo, seguía sosteniendo su mano. En medio de sonrisas, Azucena prosiguió con la charla:

─ “Otro matrimonio muy común es el que tenemos con nuestros hábitos, los mismos que a la suma constante muestran nuestro carácter, los pilares reales de nuestro destino. Dos hábitos muy comunes se pegan a la personalidad como el peor flagelo, son el victimismo y la decidía. Las personas demoran y alargan la toma de decisiones trascendentales como si el tiempo fuese eterno. Una vez que la oportunidad se ha ido, se refugian en el victimismo que justifica y aleja de toda responsabilidad ante el fracaso”.

Le solté la mano, al tiempo que tocaba mi mentón, un tanto pensativo por lo que le iba a decir…

─ “Ante nuestro matrimonio individual, también es un hecho que nos casamos con nuestros logros, nuestra capacidad de soñar y de tener esperanza”…

─ “¿No es así?”, le pregunté.

─ “Así es”, me contestó al mismo tiempo que movía de un lado a otro su espectacular cabello rubio y muy lacio.

En mi reencuentro con Azucena, esta era la primera de muchas charlas, que reavivarían nuevamente mis ganas de vivir.

 

*El autor es Licenciado en Psicología. Consultorio: Av. Revolución entre calles 38 y 40. Teléfono: 653 (12) 1 7161.

 

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