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La armadura, el niño y la desnudez

Por: Psic. Jesús Alfredo López

Reconocido como campeón de mil batallas, el caballero y su armadura se paseaban triunfantes ante reyes, nobles y aldeanos en general.

En cualquier momento y en cualquier lugar, airoso sabia cómo responder con gran ímpetu a cualquier reto o situación.

En ocasiones, su respuesta tenía que ser la de mayor valentía ante el peligro de vencer a un ogro, una malvada bruja o al más cruel dragón.

Muchas otras veces su respuesta habría de ser la de más tacto y astucia al saber lidiar con las más bellas princesas, que aun sabiendo que él era casado, le ofrecían sus amores. Más él siempre lleno de honor y caballerosidad, demostraba el ser un caballero fiel a su matrimonio y familia.

Ante tantos halagos y falsas adulaciones, no era de extrañarse el ser tambaleado por la soberbia, por ello esforzado como ante la más feroz fiera, lograba salir airoso al utilizar su gentileza guiada por la humildad. Es por eso que en toda aldea o comarca era tan admirado visto como un gran modelo a imitar. Los niños y los jóvenes soñaban con la posibilidad de algún día ser como él. Las doncellas por su parte imaginaban la dicha que representaría caer en los brazos de un hombre con tantos atributos.

En medio de tanta admiración, no era tarea fácil ser un campeón, su armadura mostraba la dureza de tanto embate recibido día a día. Pero después de todo, él no se quejaba, cada marca era señal del porqué merecía ser llamado de tanta comarca “el salvador”. En medio de toda dificultad dichoso se sentía al ser siempre un vencedor.

Más como todo caballero andante, algún día tenía que regresar a su cálido hogar, con agrado se despojaba de su armadura y como cosa de magia o maldición, todo cambiaba de manera estrepitosa.

Apenas después de una noche de estar en los brazos de  su amada, los reclamos por su prolongada ausencia ante los grandes rezagos acumulados en su casa y hogar, le parecían a él  como los dardos más mortales que su corazón no podía aguantar.

Atrás quedaban los días de gloria, los títulos o reconocimientos de grandeza, enterrada estaba su gran gallardía y gran seguridad.

Ante los reclamos de su esposa e hijos, respondía como el niño mas desesperado, lleno de tristeza, rabia, inmadurez o ansiedad.

Es por eso que disfrazaba su responsabilidad ante la incapacidad de saber a sus seres amados amar. Ante cualquier pretexto salía de casa, todo para lucir impetuoso oculto en su gran armadura real.

Muchas veces angustiado se preguntaba, si el poder yacía en él o en su armadura, ya que una vez que la portaba no era para nada como un niño, era capaz de enfrentar cualquier amenaza.

¿Qué era entonces lo que le causaba ante el más mínimo roce, el sentirse derrotado cuando estaba en su hogar?

La verdad, aunque al igual que la mayoría él la desconocía, era la desnudez. La misma que ante la ausencia de la armadura libera en todos quien realmente somos.

Ante la desnudez no importan los logros, nuestra edad o reconocimientos. Ante el rose íntimo con las personas donde de nada vale la armadura o el reconocimiento social, se muestra quienes realmente somos.

Las apariencias detenidas por la armadura social son liberadas y ante el hecho de ser retenidas por tiempo excesivo, muchas veces son expulsadas aún con mayor fuerza, como si las emociones exigieran de manera abrupta la libertad.

“La gran frustración es el tener tanto dominio para vencer los más grandes retos fuera de mi hogar”, se decía así mismo el caballero.

“¿Por qué puedo vencer hasta la más grande crueldad y no logro dominar este temperamento en mi intimidad?”.

El secreto está en no depender de una armadura de falsedad, la misma que se alimenta de logros, elogios pero que de nada valen sino pueden ser disfrutados dentro del calor de un hogar.

¿Qué armadura usar entonces?

La respuesta  está en usar la armadura que está guiada por valores como el respeto, la paciencia, la gratitud o la humildad. La misma que solo puede ser guiada por una madurez totalmente real, no es jugar de ninguna manera, es hacer crecer en verdad a ese niño que todos llevamos dentro, el que se oculta pero que tomó el control ante los logros y reconocimientos de quien se oculta en una armadura que solo cumple en sociedad.

La desnudez, al no comprenderla, puede ser como el peor ogro, bruja o dragón.

Contrariamente, al aprender de ella, puesto que muestra toda debilidad, suele ser como el mejor consejero ante lo mucho que podemos mejorar.

De esta manera pasamos de ser eternamente niños a hombre o mujeres que dentro o fuera del hogar tenemos un corazón que ante todo reto sabe la victoria conquistar.

 

El autor es Licenciado en Psicología. Consultorio: Av. Revolución entre calles 38 y 40. Teléfono: 653 (12) 1 7161.

 

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