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Los títeres no saben amar

Por: Psic. Jesús Alfredo López

Después de haber estado en el triunfante cierre de campaña de quien estábamos seguros seria el próximo candidato de México, llegamos exhaustos al hotel.

En el vestíbulo había una gran sala y un monitor que proyectaba la película de Pinocho, me llamó la atención ver inmóvil a Román sentado en un sofá atento a una clásica película infantil. Sonriendo me acerqué a él, sin saber la profunda charla que me esperaba.

─ “¿Recordando viejos tiempos amigo?’, con un tono de burla le pregunté al mismo tiempo que le palmeaba el brazo.

Al voltear a verme, me llevé la gran sorpresa de unos ojos a punto de estallar en lágrimas, se levantó haciéndome la seña para seguirlo. Nos dirigimos a nuestra habitación asignada y durante ese pequeño recorrido no hablamos nada. Ya una vez instalados, mi amigo empezó a hablar.

─ “Mi padre, el inminente próximo Presidente de México me ha dicho que no puedo opinar en casa y mucho menos hablar de política con él”, esta vez sus ojos parecían irradiar rabia.

─ “No te entiendo Román, tú siempre me has dicho que tu padre es muy hermético y que estás acostumbrado a su áspero trato”, con un rostro lleno de duda, le hice tal afirmación.

─ ‘Mi padre me ha exigido que deje a mi esposa, me dice que no puede permitirme el perdonarla. Me ofrece ser el presidente corporativo de nuestras empresas y asevera diciéndome que los títeres no opinan, mucho menos saben amar”, con un último grito, él manifestaba lo duro que había sido escuchar ese adjetivo en su persona.

Yo, por mi parte, sin poder evitarlo, me trasladé en pensamiento a la celda de aquella cárcel en el día en que en una caja estaban varias revistas acerca del Síndrome del Niño Emperador, ahí leí la historia del último emperador de China, el Emperador Títere.

También miré por primera vez la foto del considerado seria el nuevo Presidente con sus hijos gemelos. Mis pensamientos fueron interrumpidos al escuchar de nuevo la voz desesperada de Román.

─ “Soy algo similar a Pinocho, tengo vida voy por doquier más igual que él siempre he sido manipulado por otros, el peor y principal de todos mis tormentos es mi padre. Es por eso que soy un títere o una marioneta como pinocho, es por eso que no se amar”, el rostro de mi amigo mostraba un tormento que en ese momento tan solo vislumbré.

─ “Tranquilo, y no te compares con un títere, mucho menos con un personaje infantil”, con un tono ya más exasperado ahora yo le hablaba. Sin embargo él siguió aún más molesto aseverando tener la razón.

─ “Pinocho representa una historia que es más que un mensaje para niños. ¿Que no entiendes? El siguió siendo marioneta, no por no ser un niño de verdad, sino por ser siempre manipulado, ya sea por el zorro Juan, el titiritero, el cochero o su amigo Polilla. De igual manera yo represento el éxito y ser un hombre con mucha vida, pero realmente soy un títere”, me quedé estupefacto al ver cómo él sabía los nombres de los personajes, pero sobre todo por el duro juicio que hacía sobre sí mismo.

Hicimos ambos una pequeña pausa de silencio, quizás me quede mudo al querer entender su extraña interpretación de la vida de un títere o marioneta. Ahora sé que tuve que haber hablado, sin embargo, tan solo callé. Mientras, él empezó de nuevo a hablar.

─ “Llevado por engaños he vivido mucho tiempo en la isla de los juegos, mas ya no puedo engañarme más, me siento peor que un hombre que se convirtió en burro que tan solo es tomado para vivir del aparente éxito y poder.

─ “Hoy he despertado para saber que me siento incapaz de escapar de ese estilo de vida falso, lo mismo que representa la isla del juego’, su rostro ahora tan solo reflejaba un gran agotamiento y una muy profunda tristeza.

Queriendo animarle esta vez sí hablé:

─ “En ese sentido todos somos títeres de algo o de alguien, al menos que lo reconozcamos, nunca sabremos verdaderamente amar, pero tú ahora puedes analizar quien mueve los hilos que te manipulan, para lograr ser libre, para lograr amar’.

Con una voz resistiendo las lágrimas, tan solo me dijo.

─  “Si en verdad me respetas y me aprecias, déjame solo tengo mucho que pensar”, se dirigió al baño y yo por mi parte salí de la habitación.

Si tan solo hubiese entendido la magnitud de su dolor, soledad y desesperación, habría entendido la gran necesidad de respetar algo más que su presente. La verdad de respetar el pelear por su vida, juntos, como los grandes amigos que en tan poco tiempo logramos ser.

Al ignorar como la mayoría el verdadero significado de la palabra “respeto”, en el momento menos indicado lo abandoné. Nunca imaginé que esa noche sería la última vez que le vería con vida.

 

El autor es Licenciado en Psicología. Consultorio: Av. Revolución entre calles 38 y 40. Teléfono: 653 (12) 1 7161.

 

 

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