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Papá no me dejes

Por: Psic. Jesús Alfredo López

 

Por las noches, muy seguido me despertaban los gritos de mi madre. Yo tan sólo entraba a su cuarto y le acariciaba el rostro; de esa manera lograba tranquilizarla.

Años más tarde ella me confesó cuál era la pesadilla que la atormentaba casi todas las noches.

En ese cruel sueño, mi madre se miraba a sí misma siendo una niña,  cuando tenía cerca de 9 años. Descalza y con un camisón muy delgado, salía corriendo de su casa dirigiéndose hacia la calle.

Con gritos desesperados iba detrás de su papá, por más que se apresuraba por alcanzarlo parecía que en su agonía, sus piernas se volvían como de piedra.

Esos mismos gritos de niña angustiada, eran los mismos que muy seguido por las noches a mí me despertaban.

─ “Papá, papá, no me dejes”, con gran desesperación mi madre le gritaba a mi abuelo.

Después de mucho seguirlo y de tanto suplicar por fin lograba alcanzarlo, sólo para ver a un hombre que ebrio volteaba y cruelmente le decía.

─ ‘¡Aléjate ya, niña del demonio! ¿Qué no ves que no te quiero y que nunca te he querido?”.

Abrazándose a sus piernas, mi madre le decía:

─ “Papito, papito, no me rechaces, te he seguido tanto y por fin te he encontrado”.

Separándola bruscamente de sus piernas y aventándola al suelo, mi abuelo le respondía:

─ “Realmente nunca me encontrarás, por mi ausencia irás por la vida con un hueco en tu corazón, siempre a la búsqueda de muchos hombres. Pero  en ninguno de ellos lograrás encontrar el amor que yo te niego. Tu destino será para siempre tan trágico y miserable como el mío, está es una cadena, una maldición que nuestra familia nunca podrá romper”.

Mi abuelo nuevamente se alejaba y mi madre permanecía llorando sola en el suelo en medio de la calle.

Lentamente se levantaba y al empezar a caminar, notaba un sonido cada vez que daba un paso.

Al momento de voltear con gran asombro miraba unas enormes cadenas sujetadas a sus pies. Tirándose al suelo trataba de librarse de ellas, pero al empezar a jalarlas observaba cómo sus pies empezaban a sangrar.

─ “¡Mi padre tenía razón! Nunca me libraré de estas cadenas ¡Nunca, nunca, nunca!”,  este era el grito de horror, que finalmente  la despertaba.

Mi madre desconocía que su búsqueda de amor paterno había sido precisamente la causa que la llevó desesperadamente a buscar protección en los brazos de mi padre.

Sin estar preparada, la niña herida que llevaba dentro por primera vez se sintió protegida. Mas al ser guiada por esa búsqueda inconsciente y al ser una niña herida, la sensación del hueco paterno que mi padre no pudo llenar, fue lo que la llevó a esa amargura y desprecio hacia él.

Al no identificar ese sentimiento y mecanismo inconsciente, el destino de mi madre, sería buscar a hombres que al no poderle dar ese amor de papá, ella una y otra vez sin siquiera saberlo, respondería con desprecio.

Su inconsciente, por medio de las pesadillas, le enviaba el mensaje de un padre malvado, que ella tenía que dejar atrás.

Más su represión era muy grande, ya que en varias ocasiones, al preguntarle sobre esas pesadillas, ella me decía no recordar nada.

Ante las pesadillas de mi madre y la que yo vivía despierto, durante ese primer ciclo escolar, mi única alegría era prácticamente esperar al fin de semana al club de equitación. Los reconocimientos ante todas las pruebas que participaba no se hicieron esperar, tampoco la decepción ante la ausencia de mi madre.

Con el pretexto de haber regresado a la universidad y de ahora costarle más esfuerzo concentrarse, nunca iba a verme.

 

El autor es Licenciado en Psicología. Consultorio: Av. Revolución entre calles 38 y 40. Teléfono: 653 (12) 1 7161.

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