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Síndrome del Paciente Rebelde

Es muy reconfortante atender a personas en mi consultorio psicológico y escuchar de ellos, generalmente en la primera sesión, palabras como: “estamos aquí, porque usted ayudó a la salvación del matrimonio de un amigo”.

En verdad que alegra el día y siempre es grato escuchar a pacientes que me dicen: “buscábamos a un muy buen psicólogo, y hemos sido recomendados con usted”.

Qué gran mentira sería contarles que tales ejemplos son lo único que escucho de mis pacientes, en cuanto a mi trabajo.

¿Es posible quejarse del frio y, sin embargo, aferrarse a estar desnudo?

Y ¿qué opinar de las personas que dan su peor opinión de alguna película que ni siquiera han visto, y menos aún saben el tema que trata?

Ante las muchas incongruencias, también existen los pacientes que se están muriendo y en medio de un gran dolor se niegan a tomar el medicamento, lo peor aún es que acusan al médico por su condición enferma.

Esto es algo similar a lo que pasa en psicoterapia, a lo que llamo el Síndrome del Paciente Rebelde.

Recuerdo a varios pacientes que en medio de su condición de urgencia, exigen resultados y se niegan a seguir las recomendaciones o tareas terapéuticas.

Más específicamente recuerdo a uno, ya que en su condición de gran angustia, su rebeldía ante el cambio era tal, que varias veces me dijo:

─ “Definitivamente no me estas ayudando, no me ha servido invertir mi dinero y mi tiempo contigo”, con un tono de exigencia, ese hombre de cerca de 50 años me decía.

Yo, sabiendo que él se negaba a seguir mis indicaciones y que, incluso, hacía todo lo contrario a mi consejería, le confrontaba:

─ “No es posible ver los efectos del cambio o mejoría, si te aferras a ser una víctima del mundo; no es posible esperar algo diferente, cuando te aferras a seguir en esas conductas erróneas. Definitivamente esto es similar a cuando los pacientes no pueden mejorar, sino se toman el medicamento”, con un tono un poco desesperado, le insistía.

─ “Trato, pero no puedo seguir sus indicaciones y las de nadie, yo tan solo le insisto que usted no me está ayudando”, muy angustiado ese paciente me aseveraba.

Tan sólo fue cerca de un mes el tiempo que le atendí, se despidió prácticamente asegurándome que como psicólogo, yo era un fracaso.

Es frustrante, en medio de todo esfuerzo, no ser valorado por otros; es frustrante en medio de toda la diligencia, ante situaciones lógicas, perder.

Nadie puede culpar a un mecánico por un motor desvielado si el conductor lo deja sin aceite; nadie puede culpar a un excelente chef de una mala comida, si le proveen de pésimos alimentos, al mejor médico del mundo se le pueden morir pacientes cuando llegan a su atención en un estado ya muy crítico.

De igual manera, ningún psicólogo puede inducir el cambio en personas que no están dispuestas a cambiar.

Aun sabiendo todo esto, no es nada placentero el que alguien tan negativamente juzgue el valor, la calidad y esfuerzo de tu trabajo.

Para mí es común preguntar en la primera sesión el cómo es que dieron conmigo, lo que muchas veces suele ser por recomendación, en definitiva la publicidad de boca en boca sigue siendo muy efectiva.

Lo que en ese año llamó grandemente mi atención fue el hecho de que ese mismo hombre con el Síndrome del Paciente Rebelde, me estaba recomendando con muchas personas. Generalmente me afirmaban lo agradecido que él estaba conmigo y mi intervención como psicólogo.

Después de un tiempo y de varios pacientes en los cuales él me recomendó, al término de impartir una conferencia, él se acercó a mí…

─ “Quiero darte las gracias, doctor, permíteme decirte que muchas de tus palabras retumbaban sobre mí hasta que decidí creer. Las cosas y las personas cambiaron, cuando me decidí en el cambio que empezaba en mí. Deje de ser una víctima de mi egoísmo y tomé por fin la responsabilidad en todo aquello que tanto me confrontaste y que lejos de apreciar, lo asimilé como un ataque. Te he recomendado mucho, así es que en verdad aprecio la ayuda que me diste”.

─ “Gracias…”, tan solo, sonriéndole le contesté.

“Más en las buenas y malas opiniones de uno mismo, recordemos que nuestro deber es respetar a nuestro prójimo, como bien lo dijo la Madre Teresa.

“No es la altura, ni el peso, ni la belleza, ni el título o mucho menos el dinero lo que convierte a una persona en grande. Es su honestidad, su humildad, su decencia, su amabilidad y respeto por los sentimientos e intereses de los demás”.

 

*Nuestro colaborador es Licenciado en Psicología. Consultorio: Av. Revolución entre calles 39 y 40. Teléfono: 653 (12) 1 7161.

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